When Norman Foster first visited Bilbao, he was reminded of his native Manchester, as both shared a distinctly industrial aesthetic. It was 1988, and the British architect had won the competition to design the Metro. His ‘fosteritos’—the curved and transparent entrances—were conceived when there were neither Guggenheim nor Zubizuri, although by the time their inauguration arrived in 1995, both modern icons were already nearly a reality: in 1990 Calatrava drew up the first sketches for the (controversial) pedestrian bridge, which opened in 1997; and Gehry received the project in 1991, with the museum opening its doors a few months after the bridge.
“Era todavía una ciudad industrial”, recuerda el arquitecto cuatro décadas después, dentro de su nueva aportación a la urbe vasca, la esperada ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao, que es ya una realidad tras cuatro años de obras.
A museum with three skins
Fernando Urrutia y Gonzalo Cárdenas diseñaron en los años 30 el Museo de Bellas Artes de Bilbao en un estilo neoclásico e historicista. Se inauguró en 1945 y la colección abarcaba piezas maestras del románico y el gótico hasta el siglo XIX. Un patio, articulado por galerías porticadas y ladrillo visto, invitaba a entrar a este edificio situado junto al Parque de Doña Casilda Iturrizar.
Numerosas donaciones fueron engrosando un catálogo extraordinario que pasó a tener grandes clásicos como El Greco, Zurbarán, Murillo, Ribera, Goya o Lucas Cranach el Viejo, para después, incluir vanguardias internacionales, Fernand Léger, Robert Delaunay o Jean Metzinger, pasando, obviamente, por Tàpies, Saura o Picasso. Todo ello se iría armando junto a los principales custodios del arte vasco: Zamacois, Iturrino, Zuloaga, Echevarría… y después, Jorge Oteiza, Eduardo Chillida, Agustín Ibarrola.
30 años después, se hizo necesario un segundo bloque. O una segunda piel. La ampliación racionalista, obra de los arquitectos Álvaro Líbano y Ricardo Beascoechea, proyectó un nuevo edificio acristalado y de metal acorde a los principios del movimiento moderno. Considerado el primer edificio de nueva planta construido para el arte contemporáneo en España (puesto que otros referentes previos, como el de Cuenca, se ubicaron en arquitecturas ya existentes), sus diáfanas salas sirvieron para acoger las vanguardias y el arte del siglo XX que el museo había ido recopilando.
